Colapsar/descolapsar
Buscador
cerrar

Rafa Nadal: "A quién no le gusta ganar"

Es un tenista precoz, talentoso y fuerte. Cambió la historia del tenis español porque planteó una carrera casi imposible. Se recordará en sus últimas derrotas con la misma luz que en sus primeros títulos.

Por Manuel Jabois. Fotos: Juan Aldabaldetrecu / Michael Dodge / Getty Images
Imprimir

Rafael Nadal

Cuando era niño, más niño aún, en medio de un partido, a Rafael Nadal se le acercó su tío, Toni Nadal, y le dijo que no se preocupase porque si las cosas iban mal él haría llover, se interrumpiría el partido y a la vuelta Rafa remontaría tras coger fuerzas. Para entonces Toni Nadal era para su sobrino, de ocho años, el mago Natali, un personaje con superpoderes que podía hacer que se abriesen los cielos y cayese un aguacero. Parece imposible, pero el caso es que se puso a llover y se paró el partido. El niño Nadal, concentrado, se acercó a Toni y le dijo que no hacía falta: que estaba preparado para ganar sin recurrir a la magia. Dejó de llover, y Nadal se llevó el partido en el tercer set. Fue la primera traición de Nadal a la ficción, al armamento narrativo que su tío había construido para él en una infancia feliz a la que jamás, por obra y gracia de los milagros, le ocurriría nada malo.

_JUA0826bn_C2101_R1293238

Para creerse aquella fantasía, Natali empleó los mejores trucos: le dijo que en su pasado había sido un estratosférico goleador del Milan, por lo que los compañeros de su otro tío Miquel Angel Nadal, jugador del Barça, lo saludaban con 
reverencias delante del niño. Y un día, viendo un partido que Rafa creía en directo pero en realidad se emitía en diferido, dijo que haría lesionar a Ivan Lendl por lo mal que se estaba moviendo en la pista; así fue cómo Lendl, ante la mirada de Rafa Nadal, se retiró del partido tras las órdenes del mago Natali.

El final de la inocencia de Nadal no 
fue dejar de creer en los Reyes Magos, sino comprender que aquel mago no existía: era la proyección de un mito, el sueño de saberse invencible. La misma fuerza mental que necesitaba para tener una fe absoluta en los poderes de su tío se desplazó, con el tiempo, hacía sí mismo. Y de esta manera: su leyenda sería más grande siendo real que imaginaria, al fin y al cabo es más duro dejar de creer que puedes hacer llover, que creerlo.

_JUA0831bn_C2101_R1293237

Lo que siguió a ese abismo fue la confirmación de un tenista. Precoz, talentoso y fuerte. Cambió la historia del tenis español porque planteó una carrera casi imposible: ganar el Grand Slam, vencer en los cuatro grandes torneos y sus superficies: la dura sintética de Melbourne, la tierra de París, la hierba de Londres y la dura acrílica de Nueva York. Para eso, en un país volcado a la temporada de tierra, se necesitaba construir un Natali de verdad, un tenista capaz de adaptar su juego natural en tierra a superficies inhóspitas para España desde Manolo Santana. En Wimbledon no basta con correr y sofocar al rival: si uno no saca como un bombardero -y Nadal no lo hace- tiene que restar aún más fuerte. Que la hazaña de Nadal, que el hecho histórico de Nadal se haya producido bajo el reinado de Roger Federer multiplica su efecto: es un reinado paralelo, más ruidoso si cabe, repleto de días monumentales. Ninguno como el de Wimbledon 2008.

_JUA0847bn_C2101_R1293240

Han pasado casi 10 años. Los dos de blanco y de Nike. Federer con un polo a la antigua usanza, fiel a la tradición, y el emblema de la firma norteamericana en color dorado, como si llevase la corona puesta. Nadal sin mangas, pañoleta y pelo largo: un príncipe rebelde al asalto en la era pos Agassi. El partido es interminable. Nadal resta como nunca volvió a restar en su carrera; a los liftados altos le sucedían liftados más bajos, agresivos, que botaban disparados en la hierba y salían volando hacia la grada. Esa final llegó al quinto set, en el que no existen tie breaks, y hubo que desempatarla a juegos. Para lograrlo, Nadal fabricó un saque monumental cuando el juego estaba en deuce y tenía un break a favor. Nadal se vistió de Federer para ese punto, arrojándole a la esquina un saque plano y duro que el suizo se comió de lleno. Sacaba para match point: ser leyenda no es jugar bien, sino elegir el momento. En la grada Toni Nadal pierde la compostura; se levanta de su asiento agitando los brazos y gritando: ni rastro del mago, solo un ser humano. Federer, destruido, tira la bola a la red en el punto siguiente, que le da el campeonato a Nadal.

632996054_MOD_C2101_R1293239

Pasó algo más en ese partido, algo que recuerda todo el mundo porque se alargó cinco horas. Llovió, llovió mucho y hubo que suspenderlo. No era el viejo truco de la ficción actuando sino algo más poderoso y real, que se podía palpar en Rafa Nadal: era la vida de gente como él y de gente como Federer la que se sometía a los azares, que se disponía en lucha bajo el sol y el agua, pues hubo de todo aquella tarde del 6 de julio en Londres y nada fue por arte de magia. Aunque los dos se esforzasen en disimularlo.

Etiquetas: Rafael Nadal | Categoría: Hombres EGO
Ver más articulos